Un niño es el mundo entero

Creo que todo el mundo recuerda esa imagen. Se convirtió en todo un símbolo. Alan (como afirma el padre que se llamaba su hijo) fue encontrado ya sin vida en la orilla de una playa. La patera en la que viajaba con su hermano y su madre se fue al pique y le costó la vida también estos dos como a una veintena más. Ya había pasado antes, y por desgracia ha sucedido después. Entonces, ¿por qué en 2015 la imagen de Aylan o Alan causó tal impacto? Pues justo por eso, por la imagen. Volvemos a lo comentado unas entradas atrás.

“Es necesario que se sepa”, “la gente tiene derecho a saber”. Esos alegatos son muy frecuentes, pero hay distancia entre saber y ver. Datos que tengo de 2018, de la OIM, casi 800 personas murieron o desaparecieron (que al caso es lo mismo) cuando viajaban en patera hacia España, cifra que triplica a la de 2017. Pero esos son quienes no llegan, quien sea fan de Chambao o mínimamente recuerde “Papeles mojados” sabe que no es nuevo, pueden ser más o menos los que se quedan en el camino, pero el problema no se inicia en 2015. El otro dato es que llegaron a España, en el mismo año más de 57.000 inmigrantes. Abruma la imagen de un niño muerto, la que se ha visto, la que todo el mundo analiza, la que se ha convertido en un estandarte. Mientras tanto, seis meses después se nos olvida que Alan es uno de muchísimos que no pudo llegar, y quienes llegaron muchos volvieron al punto de origen, muchos estarán vivos pero con graves secuelas (físicas y mentales) y prácticamente nadie de los que hayan logrado quedarse tendrán una vida normalizada. Ese es el auténtico drama, eso es lo que debería abrumar. Nos quedamos con una foto, un símbolo, que en principio sirve para concienciar. Pero tan rápido se expandió como se dejó de hablar. Es necesario que se sepa. Más necesario es que no se olvide. Así, por ejemplo, en 2019 no hubiera saltado la polémica de la inseguridad de vivir en un barrio con un centro de MENAs. Habría que recordarles que las personas que ahí viven no son delincuentes, si no Aylans que lograron sobrevivir al viaje.

Lo que debería conocerse, lo que realmente nos serviría es el testimonio del padre, el que se quedó, el único superviviente de una familia de cuatro miembros. Si queremos remover conciencias, es esta entrevista la que debiera utilizarse en la cada vez más denostadas acciones de sensibilización. Después de los años sigue transmitiéndose el dolor. Habrá quien lo haya tildado incluso de cobarde, ya me lo creo todo. “Manda a su mujer y a sus dos hijos a una muerte casi segura y el se queda allí”. A esas personas digo que hay que sensibilizar. Cabe preguntarse qué situación lleva a que una madre decida que lo mejor es irse con sus dos hijos dejando toda su vida atrás sin ninguna garantía. Cómo llega el matrimonio a que esa es la mejor opción dado que el trabajo de él no es suficiente para subsistir. Las familias desplazadas no son aventureros ni gente persiguiendo el sueño europeo. Su único sueño es que la situación en su país, su barrio, su entorno de origen, cambie para poder volver. Y nos tomamos la libertad de llamarles refugiados y además hacerlo de manera despectiva.

Mi experiencia como Educador Social en el Sistema de Acogida de Protección Internacional me hace ver que la historia que hay que contar no es la de la muerte. Que hay que tener en la conciencia que personas mueren en el tránsito, por supuesto (y no solo en el mar). Las historias que hay que contar es la de vida, como la del padre de Alan, personas que se ven obligadas a vivir donde no quieren y que además ha perdido a su familia por una decisión del que él también formaba parte. Dejemos de pensar que el arraigo y sentimiento de pertenencia es algo exclusivo de quienes por ahora no tenemos motivos para desplazarnos.

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